14.6.08

Sueño 1: Un retorcido alambre corrompe el haz de luz blanca que te ilumina la cara. Acabas de salir de uno de esos bares de ruta caminando hacia tu auto, pateás enojada una piedra. Al final te subís a tu auto y manejás una hora, dos, tres. Llegás al primer hotel que encontrás en las afueras, pagás por adelantado una habitación al portero rubio, ojeroso, de anteojos que te atiende entre silbidos y frases hechas. La habitación es mejor de lo que pensabas que sería, tiene cortinas limpias y el papel higiénico está todavía dentro de su bolsita arriba del tercer estante del baño. Te tirás en la cama, cansada del viaje. Sacás de la valija azul, de cuero azul, un necessaire y de ahí dos pastillas: una blanca y una roja. Vas al baño, te relojeás en el espejo y te las tomás inclinando hacia la derecha la cara y bebiendo despacio pero derramando un poco el agua de la canilla. Apenas más tarde quedás desplomada en la cama, con el pelo castaño todavía lleno de hebillas que se enredan formando un asimétrico rodete y con el maquillaje puesto y corrido.
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