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7.7.11

prodigio V.

escena 1

Un caballo hecho de líneas aplanadas recorre hacia el horizonte la textura del campo.
Silencio.
Se escucha un pájaro.
Se escucha el trote del caballo.
En el campo relampaguea. El viento mueve las hojas de los árboles. La tierra tiembla y se desgrana. Los terrones de desprenden del pasto y las patas del caballo se hunden en la despedazada maleza. Se repliega.
El caballo tambalea.
Silencio.
Se escucha una caída.

escena 2

Sale el sol en campo abierto. El horizonte está teñido de rojo. Cantan miles de cotorras, ruidosas con sus picos en alto. Construyen nidos; cacarean gallinas.
Se escucha venir al caballo, cascos.
El cielo clarea, cristalizado por el frío. No parece haber nadie.
Se despierta. El día, como un manto celeste cala en la cama como una clarividencia del sueño.
Se escuchan, amortiguados por el vidrio de la ventana, unos clamores, lejos.
Las crines relucientes se baten al viento, sacuden la tierra reseca.

escena 3

Lo metálico no existe. Hay una mecanicidad en las manos. Palancas. Son máquinas dormidas las que amansan la naranja para molerla.
Jugo. Sed que amaina. Se escucha el líquido que se escurre.
Dulzor impregnado en la mesada.
En el campo, afuera, todavía hay una luz azulada. Se intuye el frío.
Se ve una nube baja.
Silencio.
_____________MAÑANA LLUEVE_____________

Más gotas naranjas aguadas percuten la madera.

2.9.10

árboles lejos




25.5.10

haiku: experiencia de la intemperie

El tránsito del poeta poeta del haiku se da a través del tiempo y el espacio. Vive en el camino cada estación y cada lugar, dejándose impactar por el viaje. Este constante devenir que provoca el nomadismo se traduce en el concepto de impermanencia. Al trasladarse siempre, hay poco que se pueda asir y mucho para experimentar.
La impermanencia produce el puro presente, la ausencia de rutina lo refuerza. Creo que en esto radica la importancia del camino en el haiku y cómo este caminar lleva a una construcción de sentido en lo que respecta al cambio, a la aceptación y a la atención de esas mutaciones.
El poeta del haiku vivirá en el instante: reaccionará a un instante de claridad, escribirá en un instante de espontaneidad, plasmando lo que ante sus ojos es simple e inequívoco, lo que la naturaleza le pone en frente, lo que él observa desde su perspectiva atenta.

Unos haikus que me gustan (traducciones de Alberto Silva):

Meterse dentro del ciruelo
a base de cariño,
a base de olfato

Onitsura


Abre el oído,
somételo
al silencio de las flores

Onitsura


La rana
nada segura
nada

Buson


Arando el campo
se limpia los mocos
con flores de ciruelo

Issa


Desnudo yo,
desnudo mi caballo,
en la tarde,
en el chubasco

Issa


Ni la risa del niño
impide que sucumba
el sol de otoño

Issa

5.4.10

imágenes del campo






mucha vida

26.8.09

un paso para animales
trazado a filo de navaja,
de hombros fuertes que se embarran.
de pronto, llovía.
la selva no hace nunca silencio.
se desmonta la tarde en su quietud.
hay pozos profundos, la caída se amortigua por las ramas.
los chicos ríen, abriendo la boca,
mirando el cielo para que se les llene de lluvia.
las mujeres se ponen ansiosas,
aprietan el paso, que no se moje el pan.
el ruido no se oye.

12.8.09

Creo que estaba dentro de la misma línea que Gabo en su último post, donde nos propone convertirnos en campesinos urbanos, cuando escribí estos apuntes sobre lo que llamé, al paso, el nómade interior. Recorto los fragmentos que puedan ser de interés para complementar el post citado.









Pensaba en el desapego: nada ni nadie es necesario. Todo lo que necesitamos realmente sólo está dentro de nuestro propio “espacio” mental, físico y espiritual. Se me ocurre que el nomadismo favorece el estadío del desapego. La idea que tenemos del hombre nómada es la de un hombre básico, original y puro. Es lo más cercano que puedo imaginar a un hombre “iluminado”-a pesar de lo que quieran hacerme creer sobre el nómada y su condición supuestamente primitiva, antisocial, acultural-.

El nomadismo no permite establecer vínculos de necesidad con ninguna otra cosa que no sea consigo mismo (entiendo como vínculos de necesidad no sólo al alimento y al hogar sino también al afecto, al amor, al odio, a la ira…).
Es inmediato, todo se devuelve a su verdad. Cada cosa, persona, sensación es concebida al mismo tiempo como ajena y como propia, como parte del todo pero aisladamente, como algo transitorio y a la vez permanente.

En el nomadismo no hay posibilidad de sentirse otro con el paisaje. El paisaje exterior permanece, siendo y haciéndose, interior. Deja su huella en la conducta y genera un aprendizaje sutil; con el tiempo, el paisaje exterior moldea al interior. Todo esto sin hacer al hombre un dependiente de la experiencia de cierto cielo, del reflejo de cierto río o de la forma de cierta luna, todo se incorpora al presente y ya no hace falta el pasado ni se proyecta hacia el futuro. El nomadismo es puro presente.
¿Cómo llevar el nomadismo a la vida cotidiana? ¿Cómo estar establecidos en un espacio y estar, a la vez, presentes? ¿Cómo volverse un nómada quieto?









Volverse íntimo e ilimitado. Adoptar como única regla de conducta al momento presente. Realizarse sin necesidad de acudir a los bastiones del dinamismo automático instaurado en nuestra personalidad cotidiana. “Meditar” cada cosa que se hace: no abandonarse en la actividad, encontrarse en ella. Volverse un nómada interior, pienso y no sé muy bien cómo decirlo, es hacer un peregrinaje por el mundo sin necesidad de moverse.

14.10.07

La orientación antidinástica del clavo
insistía en sostener
a una marioneta,
a la madera clareada por el sol.

Se veía apenas delineada
la reja cuarteada como arena
retorcida entre las hiedras.

Grosa la rama principal
añade al nido un suelo silvestre
invertido el sentido del uso.

Solapa al santigüarse la doña
un dedo con el otro en la frente,
acaso reclinando un poco las rodillas.

Guiños, guiños, pajarito,
que al cantarse se soplan
acurrucadas las coplas,
en el viento enseñadas.

Roza, roza, pedregal,
bajo los pies de la niña
las ahuecadas arcillas
esconden el delantal.

A lo lejos el llano,
no se sabe ni ver
busca siempre un terruño
roído lo has de querer.

En cuna dorada de nene
el monte al guardarse cedió,
hundido en el sueño teme
olvidarse de si y de dios.

Siempre y cuando crezca,
semillita blanca y azul,
volverás a recordarlo
a aquel que el amor merezca.
Y siempre que el llanto amanezca
habrá planta que se riegue
con tus penas y guadañas
porque no hay amor sin saña,
ni hombre de buen corazón.
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