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5.4.11

zazen o la forma de trabajo de Beppo Barrendero

momo - m. ende

Beppo Barrendero, amigo entrañable de la bella Momo.

El viejo se llamaba Beppo Barrendero. Seguro que, en realidad, tendría otro apellido, pero como era barrendero de profesión y todos le llamaban así, él también decía que ese era su nombre. [...]
Le gustaba su trabajo y lo hacía bien. Sabía que era un trabajo muy necesario.
Cuando barría las calles, lo hacía despaciosamente, pero con constancia; a cada paso una inspiración y a cada inspiración una barrida. Paso - inspiración - barrida. Paso - inspiración - barrida. De vez en cuando se paraba un momento y miraba pensativamente ante sí. Después proseguía. Paso - inspiración - barrida. [...]
-Las cosas son así: a veces tienes ante ti una calle larguísima. Te parece tan terriblemente larga que nunca crees que podrás acabarla. [...] Y, entonces, te empiezas a dar prisa, cada vez más prisa. Cada vez que levantas la vista ves que la calle no se hace más corta. Y te esfuerzas más todavía, empiezas a tener miedo, al final estás sin aliento. Y la calle sigue estando por delante. Así no se debe hacer. [...] Nunca se ha de pensar en toda la calle de una vez, ¿entiendes? Sólo hay que pensar en el paso siguiente, en la inspiración siguiente, en la siguiente barrida. Nunca más que en lo siguiente.-


Y acá les presento a los malos:

31.1.11

contratapa

republico el artículo Merton y la Puerta de Oriente, de contratapa de ayer de Página12, recordando a Thomas Merton.

Por Juan Sasturain
Hoy, 31 de enero, cumpliría años Thomas Merton, un escritor, una persona extraordinaria. No soy un experto, ni siquiera demasiado conocedor de su obra densa, variada y extensa, pero con lo que leí, sé y vislumbro en los reflejos múltiples que dejó entre quienes lo trataron me alcanza. Más allá del mito inevitable que lo rodea, Merton es alguien que uno hubiera querido conocer. El célebre y (literalmente) amable monje trapense de la abadía de Getsemaní, Kentucky, autor –entre tantos otros textos– del inusitado best seller La montaña de siete círculos, en el que narraba el arduo camino de su revelación espiritual y que disparó multitud de solicitudes de ingreso a la orden fue antes que nada un hombre entero, saludable y valiente. Poeta, amigo y traductor de escritores que admiramos, Merton fue –famosamente– inspirador vocacional de Ernesto Cardenal y admirador, traductor y difusor de la poesía latinoamericana. El volumen de su correspondencia que reúne sus cartas a algunos de los tantos y tan diferentes escritores con los que se cruzó es realmente admirable. De Evelyn Waugh a Henry Miller; de Milosz y Pasternak a William Carlos Williams y Ferlinghetti; de Victoria Ocampo y Nicanor Parra, a un pendejísimo Miguel Grinberg.

Merton no era yanqui ni católico en origen; lo fue por decisiones ulteriores. Se eligió así. Nació en 1915 en Prades, Francia, donde sus padres –él, neocelandés, ella norteamericana–, ambos pintores, estaban ocasionalmente. Cuando nació, se radicaron en EE.UU. Pero perdió a su madre de niño, y a su padre de adolescente. Mientras, vivió y estudió en Francia e Inglaterra, aprendió francés e italiano. A los veinte volvió definitivamente a Nueva York. Estudió y se graduó en Artes en Columbia, en 1939, con una tesis sobre William Blake. Ya vivía intensamente, escribía y publicaba y daba clase.

Pero la vocación religiosa lo llevó a ingresar a fines de 1941 como novicio trapense en el monasterio de Getsemaní, en Kentucky, donde se ordenó sacerdote en 1949. Ahí vivió y escribió –con pequeños intervalos de salidas autorizadas– durante el resto de su vida. Thomas Merton murió en diciembre de 1968 a los 53 años –electrocutado, un tonto accidente con un ventilador– en Bangkok, Tailandia, de paso, mientras iba y venía en misiones de su oficio y vocación: una reunión de los monjes benedictinos y cisterciences asiáticos. En esos días había tenido la posibilidad de cumplir un anhelo muy particular: se había reunido con el Dalai Lama.

En la obra de Merton hay para elegir. Desde mediados de los años cuarenta –La montaña de los siete círculos es de 1948– hasta el fin de la década siguiente, escribe, por impulso propio o por necesidades de la orden, maravillosos textos de meditación espiritual, y algunos más o menos burocráticos de historia religiosa y de reflexión sobre la vida monacal. Semillas de contemplación y Las aguas de Siloé son, entre tantas, obras características de ese momento. En la Argentina los fue publicando Sudamericana en su momento.



Ya en los sesenta, y acaso a partir de Cuestiones discutidas, sin abandonar la reflexión espiritual y religiosa, Merton comienza a involucrarse cada vez más en las cuestiones del “mundo” y de su dramático tiempo, produciendo, sobre todo por afuera o al costado de los canales autorizados de la orden, artículos, cartas, análisis, poemas y manifestaciones sobre los temas clave de la época: la perversa Guerra Fría, la irracionalidad de la amenaza nuclear, la locura de Vietnam, la segregación racial y la lucha por los derechos civiles. Esos son los textos y las actitudes –sabias, reflexivas, firmes pero nunca desmadradas, siempre desde un pacifismo alerta– que lo acercan a los jóvenes radicales sesentistas de todo el mundo, y sobre todo con Latinoamérica. Ese es el Merton que leímos / descubrimos en Eco Contemporáneo, El Corno Emplumado y las revistas de la vanguardia poética del Movimiento Nueva Solidaridad, con su emblemático Mensaje a los poetas, de 1964.

Pero a mí en particular, y pienso que a muchos y cada vez más, el aspecto de la obra de Merton que más nos motiva hoy a la lectura y relectura es aquello que produjo sobre todo en el último tramo de su peregrinación espiritual: su acercamiento a Oriente. Hemos escrito al respecto. Uno de sus últimos libros originales, escrito en los primeros sesenta y publicado por la renovadora editorial norteamericana New Directions en 1965 es The Way of Chuang Tzú, Por el camino de Chuang Tzú, en la versión castellana publicada por la colección Visor de poesía en los setenta y reeditada por Lumen de Argentina hace unos años. Es un texto maravilloso.

Hay que subrayar que se trata de una traducción libre o –mejor dicho– de una recreación abierta –“imitaciones”, dice el autor– de muchos de los escritos y enseñanzas del “más espiritual de los filósofos chinos”, Chuang Tzú (o Tchuang Tsé, el del cuento de la mariposa soñada o soñadora que retoman Borges y otros), un maestro taoísta tan sabio como serenamente burlón que vivió hace casi dos mil quinientos años.

En el prólogo, Merton, que no sabía chino pero que estudió con maestros –como el idóneo Suzuki– que sí lo sabían, y que como Ezra Pound poseyó la sintonía espiritual adecuada para conectarse con el original tan distante, explica qué lo acercó al discípulo de Lao Tsé. Describe las afinidades profundas que lo llevaron a sentirse tan cerca de alguien que, como él y otros, eligieron alguna vez el retiro del mundo, la desconfianza en “una vida sometida por completo a presupuestos seculares arbitrarios, dictados por las convenciones sociales y dedicados a la consecución de satisfacciones temporales, que tal vez no sean más que un espejismo”.

Según Thomas Merton, el “camino” de Chuang Tzú, es decir: la elección del silencio, la simplicidad y la negativa a tomar en serio la agresividad, el empuje y la prepotencia que se supone que uno debe exhibir para funcionar en sociedad, mantiene una vigencia absoluta. El camino de Chuang Tzú –siguiendo el Tao Te Ching– prefiere no llegar a ninguna parte en el mundo, ni siquiera en el terreno de algún logro supuestamente espiritual. Y concluye Merton: “Chuang Tzú habría estado de acuerdo con San Juan de la Cruz en que se entra en este tipo de camino cuando se abandonan todos los caminos y, en cierto modo, uno se pierde”. Una perturbadora y hermosa propuesta de vida.

Por el camino de Chuang Tzú, de algún modo la última síntesis, el pensamiento decantado de Thomas Merton, es uno de esos libros conmovedores en sentido literal, pero no como los terremotos espirituales que producen en la adolescencia y juventud Dostoievski, Camus o Nietzsche. Merton-Chuang Tzú requieren haber vivido un poco más. Lo hemos dicho: uno se acerca a esos textos –poemas, breves cuentos, casi chistes– como si fuera a tomar agua. No tienen contraindicaciones. “El gallo de pelea”, “Medios y fines”, “Lo inútil”, “Las tres de la mañana”, “La importancia de no tener dientes”... se le puede entrar por cualquier parte.

El último texto, por ejemplo, “El funeral de Chuang Tzú”:

“Cuando Chuang Tzú estaba al borde de la muerte, sus discípulos empezaron a planear un espléndido funeral. Pero él dijo: ‘Tendré por ataúd el cielo y la tierra; el Sol y la Luna serán los símbolos de jade que pendan junto a mí; los planetas y las constelaciones brillarán como joyas a mi alrededor, y todos los seres estarán presentes como comitiva fúnebre en mi velatorio. ¿Qué más hace falta? ¡Todo está suficientemente dispuesto!’. Pero ellos dijeron: ‘Tememos que los cuervos y milanos devoren a nuestro Maestro’.

‘Bien’, dijo Chuang Tzú, ‘sobre la tierra seré devorado por cuervos y milanos, debajo de ella por hormigas y gusanos. En cualquier caso, seré devorado. ¿Por qué tanta parcialidad contra las aves?’”.

Las cartas, los testimonios de Ernesto Cardenal en los dos primeros tomos de sus memorias –Vida perdida y Las ínsulas extrañas– y el hermoso texto que le dedicó su amigo y editor, James Laughlin, en Ensayos fortuitos, nos aseguran que el tío Tom Merton no hubiera desentonado junto a aquel burlón maestro chino de la vida.

3.1.11

no limits, no control

the limits of control - j. jarmusch



un submundo filosófico, un recorrido hecho de personajes que retratan distintos puntos de vista del discurso contemporáneo y un desafío estético. la mejor película de jarmusch.

29.10.09

el vacío es tu casa,
se dicen los unos a los otros y lo único que resuena es un bocinazo en la calle.

mis experiencias en meditación se fueron volviendo un hermoso refugio dentro del bosque de lo cotidiano, siempre teñido por emociones más fuertes, más duras o menos atendidas. gracias a estos momentos me siento más capaz de moverme en el día a día escuchando al que toca bocina pero sin juzgarlo.
gracias a todos mis compañeros de yoga y meditación.



Látigo, rienda, buey y hombre pertenecen igualmente al vacío.
Tan basto e infinito es el cielo azul que no hay concepto
de linaje alguno capaz de llegar a él.
El copo de nieve no puede vivir sobre una hoguera crepitante.
Cuando se realiza este estado de mente,
se llega a comprender por fin
el espíritu de los antigüos patriarcas.


de un post hermoso en. "http://wwwhojasdehierba.blogspot.com"

16.9.09

Estrellas, oscuridad, una lámpara, un fantasma, rocío, una burbuja,
un sueño, un relámpago y una nube:
así deberíamos mirar todo lo que se ha hecho.


(Extraigo la cita de Vajracchedika o El Sutra del Diamante de una cita hecha en El héroe de las mil caras de Joseph Campbell, página 97 de la siguiente edición en E-book.)

Pueden consultar el Sutra del Diamante, aunque con otra traducción acá.

Observar al mundo con la capacidad de no emitir juicios sobre él es el único camino de llegar a la Verdad. Si no emitimos juicio sobre el mundo tampoco lo estaremos haciendo sobre nosotros mismos, por lo tanto, parece ser también el camino a la Felicidad.





El Sutra del Corazón cantado.

22.8.09

GAYATRI MANTRA



OM
BHUR BHUVA SVAHA
TAT SAVITUR VARENIAM
BHARGO DEVASYA DHIMAHI
DIYO YO NAH PRACHODAYAT







les dejo una versión hermosa de un mantra hermoso.
si encuentran algún error en la parte en sánscrito les pido que me lo hagan saber para poder corregirlo. gracias.

12.8.09

Creo que estaba dentro de la misma línea que Gabo en su último post, donde nos propone convertirnos en campesinos urbanos, cuando escribí estos apuntes sobre lo que llamé, al paso, el nómade interior. Recorto los fragmentos que puedan ser de interés para complementar el post citado.









Pensaba en el desapego: nada ni nadie es necesario. Todo lo que necesitamos realmente sólo está dentro de nuestro propio “espacio” mental, físico y espiritual. Se me ocurre que el nomadismo favorece el estadío del desapego. La idea que tenemos del hombre nómada es la de un hombre básico, original y puro. Es lo más cercano que puedo imaginar a un hombre “iluminado”-a pesar de lo que quieran hacerme creer sobre el nómada y su condición supuestamente primitiva, antisocial, acultural-.

El nomadismo no permite establecer vínculos de necesidad con ninguna otra cosa que no sea consigo mismo (entiendo como vínculos de necesidad no sólo al alimento y al hogar sino también al afecto, al amor, al odio, a la ira…).
Es inmediato, todo se devuelve a su verdad. Cada cosa, persona, sensación es concebida al mismo tiempo como ajena y como propia, como parte del todo pero aisladamente, como algo transitorio y a la vez permanente.

En el nomadismo no hay posibilidad de sentirse otro con el paisaje. El paisaje exterior permanece, siendo y haciéndose, interior. Deja su huella en la conducta y genera un aprendizaje sutil; con el tiempo, el paisaje exterior moldea al interior. Todo esto sin hacer al hombre un dependiente de la experiencia de cierto cielo, del reflejo de cierto río o de la forma de cierta luna, todo se incorpora al presente y ya no hace falta el pasado ni se proyecta hacia el futuro. El nomadismo es puro presente.
¿Cómo llevar el nomadismo a la vida cotidiana? ¿Cómo estar establecidos en un espacio y estar, a la vez, presentes? ¿Cómo volverse un nómada quieto?









Volverse íntimo e ilimitado. Adoptar como única regla de conducta al momento presente. Realizarse sin necesidad de acudir a los bastiones del dinamismo automático instaurado en nuestra personalidad cotidiana. “Meditar” cada cosa que se hace: no abandonarse en la actividad, encontrarse en ella. Volverse un nómada interior, pienso y no sé muy bien cómo decirlo, es hacer un peregrinaje por el mundo sin necesidad de moverse.

11.3.09

San Francisco, 16/6/1979

Casa de Coppola sobre Broadway. Afuera un viento muy fuerte sacude con violencia los arbustos de laureles. Los veleros en la bahía se inclinan por completo; las olas están afiladas, inquietas. Desde Alcatraz, el faro manda señales en pleno día. Todos mis amigos no están ahí. Cuesta acometer este trabajo, esta enorme carga de los sueños. Sólo los libros dan algún consuelo.

La torrecita, arriba en la esquina de la casa, designada ingenuamente para la meditación, está repleta de una claridad tan chillona que me atrevo a asomarme sólo de a un minuto por vez, luego me hace retroceder de nuevo. Puse la pequeña mesa contra la única porción de pared, el resto son ventanas llenas de luz enloquecida, y en la pared dibujé con regla y lápiz puntiagudo una retícula de precisión matemática. Eso es todo lo que veo: el punto donde las líneas se cruzan. Trabajo en el guión con mucha furia y urgencia. Será apenas poco más de una semana, mirando fija y desquiciadamente ese punto.

El aire está fresco, casi frío. El viento golpea de tal forma contra los vidrios que pierdo el punto frente a mí y me doy vuelta directo hacia la luz, tan filosamente clara que duele en los ojos. Sobre el puente Golden Gate se mueven diminutos puntitos de autos. Tampoco la oficina de correos al final de la colina servía de refugio. De regreso, subiendo el camino empinado, me sobrepasaban por el suelo las hojas secas. Era el fin de la primavera, pero el follaje caído estaba coloreado de amarillo y rojo oscuro. El viento lo hacía avanzar delante de mí por sobre la colina de piedra, y cuando llegué arriba el puño del vacío lo había arrebatado. Una vez más, y como un escalofrío, me entró contra cualquier intento de defensa la certeza de hallarme en una estrofa de un poema ajeno, y me sacudió de tal forma que miré furtivamente a mi alrededor por si me habían visto. La colina se convirtió en un enigmático monumento de hormigón, y eso hizo que hasta la colina se asustara de sí misma.

Werner Herzog
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