
Pensaba en el desapego: nada ni nadie es necesario. Todo lo que necesitamos realmente sólo está dentro de nuestro propio “espacio” mental, físico y espiritual. Se me ocurre que el nomadismo favorece el estadío del desapego. La idea que tenemos del hombre nómada es la de un hombre básico, original y puro. Es lo más cercano que puedo imaginar a un hombre “iluminado”-a pesar de lo que quieran hacerme creer sobre el nómada y su condición supuestamente primitiva, antisocial, acultural-.
El nomadismo no permite establecer vínculos de necesidad con ninguna otra cosa que no sea consigo mismo (entiendo como vínculos de necesidad no sólo al alimento y al hogar sino también al afecto, al amor, al odio, a la ira…).
Es inmediato, todo se devuelve a su verdad. Cada cosa, persona, sensación es concebida al mismo tiempo como ajena y como propia, como parte del todo pero aisladamente, como algo transitorio y a la vez permanente.
En el nomadismo no hay posibilidad de sentirse otro con el paisaje. El paisaje exterior permanece, siendo y haciéndose, interior. Deja su huella en la conducta y genera un aprendizaje sutil; con el tiempo, el paisaje exterior moldea al interior. Todo esto sin hacer al hombre un dependiente de la experiencia de cierto cielo, del reflejo de cierto río o de la forma de cierta luna, todo se incorpora al presente y ya no hace falta el pasado ni se proyecta hacia el futuro. El nomadismo es puro presente.
¿Cómo llevar el nomadismo a la vida cotidiana? ¿Cómo estar establecidos en un espacio y estar, a la vez, presentes? ¿Cómo volverse un nómada quieto?

Volverse íntimo e ilimitado. Adoptar como única regla de conducta al momento presente. Realizarse sin necesidad de acudir a los bastiones del dinamismo automático instaurado en nuestra personalidad cotidiana. “Meditar” cada cosa que se hace: no abandonarse en la actividad, encontrarse en ella. Volverse un nómada interior, pienso y no sé muy bien cómo decirlo, es hacer un peregrinaje por el mundo sin necesidad de moverse.