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25.5.10

haiku: experiencia de la intemperie

El tránsito del poeta poeta del haiku se da a través del tiempo y el espacio. Vive en el camino cada estación y cada lugar, dejándose impactar por el viaje. Este constante devenir que provoca el nomadismo se traduce en el concepto de impermanencia. Al trasladarse siempre, hay poco que se pueda asir y mucho para experimentar.
La impermanencia produce el puro presente, la ausencia de rutina lo refuerza. Creo que en esto radica la importancia del camino en el haiku y cómo este caminar lleva a una construcción de sentido en lo que respecta al cambio, a la aceptación y a la atención de esas mutaciones.
El poeta del haiku vivirá en el instante: reaccionará a un instante de claridad, escribirá en un instante de espontaneidad, plasmando lo que ante sus ojos es simple e inequívoco, lo que la naturaleza le pone en frente, lo que él observa desde su perspectiva atenta.

Unos haikus que me gustan (traducciones de Alberto Silva):

Meterse dentro del ciruelo
a base de cariño,
a base de olfato

Onitsura


Abre el oído,
somételo
al silencio de las flores

Onitsura


La rana
nada segura
nada

Buson


Arando el campo
se limpia los mocos
con flores de ciruelo

Issa


Desnudo yo,
desnudo mi caballo,
en la tarde,
en el chubasco

Issa


Ni la risa del niño
impide que sucumba
el sol de otoño

Issa

12.8.09

Creo que estaba dentro de la misma línea que Gabo en su último post, donde nos propone convertirnos en campesinos urbanos, cuando escribí estos apuntes sobre lo que llamé, al paso, el nómade interior. Recorto los fragmentos que puedan ser de interés para complementar el post citado.









Pensaba en el desapego: nada ni nadie es necesario. Todo lo que necesitamos realmente sólo está dentro de nuestro propio “espacio” mental, físico y espiritual. Se me ocurre que el nomadismo favorece el estadío del desapego. La idea que tenemos del hombre nómada es la de un hombre básico, original y puro. Es lo más cercano que puedo imaginar a un hombre “iluminado”-a pesar de lo que quieran hacerme creer sobre el nómada y su condición supuestamente primitiva, antisocial, acultural-.

El nomadismo no permite establecer vínculos de necesidad con ninguna otra cosa que no sea consigo mismo (entiendo como vínculos de necesidad no sólo al alimento y al hogar sino también al afecto, al amor, al odio, a la ira…).
Es inmediato, todo se devuelve a su verdad. Cada cosa, persona, sensación es concebida al mismo tiempo como ajena y como propia, como parte del todo pero aisladamente, como algo transitorio y a la vez permanente.

En el nomadismo no hay posibilidad de sentirse otro con el paisaje. El paisaje exterior permanece, siendo y haciéndose, interior. Deja su huella en la conducta y genera un aprendizaje sutil; con el tiempo, el paisaje exterior moldea al interior. Todo esto sin hacer al hombre un dependiente de la experiencia de cierto cielo, del reflejo de cierto río o de la forma de cierta luna, todo se incorpora al presente y ya no hace falta el pasado ni se proyecta hacia el futuro. El nomadismo es puro presente.
¿Cómo llevar el nomadismo a la vida cotidiana? ¿Cómo estar establecidos en un espacio y estar, a la vez, presentes? ¿Cómo volverse un nómada quieto?









Volverse íntimo e ilimitado. Adoptar como única regla de conducta al momento presente. Realizarse sin necesidad de acudir a los bastiones del dinamismo automático instaurado en nuestra personalidad cotidiana. “Meditar” cada cosa que se hace: no abandonarse en la actividad, encontrarse en ella. Volverse un nómada interior, pienso y no sé muy bien cómo decirlo, es hacer un peregrinaje por el mundo sin necesidad de moverse.
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